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 Siempre me he enfrentado a la escritura como un modo de búsqueda infinita, de encontrarme a mí misma y también el sentido oculto o más real de ciertas cosas, conceptos que con la propia experiencia no alcanzo a comprender, o quizás sí, pero no de un modo completo, absoluto.  

La escritura llega donde el ojo no alcanza, ni el oído ni las manos. No podría definir o catalogar mi escritura o modo de enfrentarme al folio en blanco como algo predeterminado, cuyos límites estén marcados de alguna manera, sus formas o trayectoria. Camino, escribo, a golpes de conciencia pero siguiendo una cierta línea, podríamos decir argumental o cimientos que sustentan mi escritura: la búsqueda, el compromiso con la verdad, con el dolor, con aquellas partes oscuras que otros rechazan, obligar al lector a sentir la cercanía de sus dos caras, el bien y el mal, nuestros ángeles y nuestros demonios.

 

  

 

 

    

 

Me gusta la literatura que me conduce a lugares desconocidos, que exige al lector, que me obliga a mantener una sinceridad extrema conmigo misma, estar atenta. Desconfío de toda facilidad, de todo ornamento innecesario, de las palabras que no nos descubren nada nuevo y sobre todo de la escritura que nos conduce al vacío. Siento la escritura como una especie de precipicio que has de saber salvar, el reto de dar siempre un paso más, de buscar nuevos cauces, abrir nuevas vías.